sábado, 19 de mayo de 2012


Jóvenes incandescentes
Gabriela Rodríguez
La jornada, 18 de mayo de 20012
C
omo la actividad del Popocatépetl, el México profundo está expresando su indignación con explosiones de intensidad creciente. El episodio de la Universidad Iberoamericana fue como el domo de lava enrojecida que asoma sobre el cráter del Popo, erupción que lanza fragmentos incandescentes de lodo, cenizas, como los gritos a Peña Nieto: “¡Fuera! ¡La Ibero no te quiere!”,¡Asesino, Atenco!  
Erupción que no sólo ocurrió en un volcán, sino también en un centro de enseñanza superior, en un territorio donde se crea y difunde el conocimiento, donde la voz sustituye a las cenizas y es expresión de libertad.
¿Quién pretende contener la indignación de la juventud? Aun frente a la responsabilidad confesa de Enrique Peña Nieto (EPN) por usar la fuerza pública para poner orden y paz a base de tortura y violación masiva que hicieron sus huestes en Atenco.
Se trata de un acto de conciencia de clase, de estudiantes que saben que ninguno de los agresores de Atenco ha sido sancionado –como en los tiempos de Salinas–, que reaccionan a la violencia priísta que pretendió comprarlos para callarlos y ficharlos ese día, que piensan que EPN no tiene derecho a ser presidente –como afirmó Carlos Fuentes–; muchachos representantes de 20 por ciento de los jóvenes universitarios privilegiados, mientras la otra mitad de la población no tiene acceso ni a la prepa, aunque sí a la televisión (91 por ciento).
La televisión tiene gran influencia en las nuevas generaciones, en mayor medida sobre quienes no leen periódicos y cuentan con menor escolaridad. El Estado ha descuidado otros factores formadores de opinión pública relevantes, como la familia y la educación. La sociedad está teledirigida, diría Giovanni Sartori.
La democracia ha sido definida con frecuencia como un gobierno de opinión, pero el poder de la imagen se coloca en el centro de todos los procesos de la política contemporánea. El pueblo soberano opina sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar, ya sea en la elección de los candidatos, en su modo de plantear la batalla electoral, o en la forma de ayudar a vencer al vencedor.
Los sondeos de opinión consisten en preguntas formuladas por el entrevistador y respuestas que dependen ampliamente del modo en que se formulan las preguntas y que, frecuentemente, el que responde se siente forzado a dar una respuesta improvisada que resulta débil, volátil, inventada en ese momento con tal de decir algo, pero sobre todo produce un efecto reflectante, un rebote de lo que sostienen los medios de comunicación.
Los sondeos de opinión reinan como soberanos: un millar de mexicanos son continuamente interrogados para decirnos a nosotros, es decir, a los otros 112 millones lo que debemos pensar.  Porque es falso que la televisión se limite a reflejar los cambios que se producen en la sociedad; en realidad, la televisión refleja los cambios que ella misma promueve.
El problema surgió cuando el acto de ver suplantó al acto de discurrir, la fuerza arrolladora de la imagen rompe el sistema de equilibrios. Con la televisión, la autoridad es la visión en sí misma, es la autoridad de la imagen. Lo esencial es que el ojo cree en lo que ve; y, por tanto, la autoridad cognitiva en la que más se cree es lo que se ve. Lo que se ve parecereal, parece verdadero. Porque la televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de regreso de la propia voz. La pantalla es falsa porque descontextualiza, se basa en primeros planos fuera de contexto.

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